Magnetismo controlado
- SrEquis
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Magnetismo controlado
19 May 2026 12:15
No hace mucho estuve en una especie de intensivo con un profesor de bastante prestigio y, entre muchas de las cosas de las que habló, hubo un tema que me llamó especialmente la atención. Al principio incluso me sorprendió la naturalidad con la que lo trataba, porque, en cierto modo, tiene algo de abstracto o incluso de difícil de explicar.
Hablaba de ese magnetismo, carisma o poder de atracción que todos hemos percibido alguna vez en determinadas personas y que, de una manera difícil de describir, nos deja casi perturbados. Esa sensación de presencia enorme que algunas personas generan simplemente al entrar en una habitación o al ponerse delante de un escenario.
Según él, eso no es únicamente algo innato o reservado a unos pocos privilegiados, sino una cualidad que puede desarrollarse y trabajarse conscientemente. Aunque suene un poco esotérico.
Decía que hay personas que nacen con ese don muy desarrollado de forma natural; otras que poseen cierta predisposición pero pueden potenciarla muchísimo más; y otras que quizá tienen menos facilidad y necesitan trabajar mucho más sobre ello. Pero que, en mayor o menor medida, todos podemos desarrollar esa energía o presencia que convierte a alguien en un imán para las miradas y la atención de los demás.
Después nos propuso algunos ejercicios enfocados precisamente en eso y nos dio ciertas pautas para empezar a trabajarlo.
¿Vosotros creéis que ese magnetismo realmente puede desarrollarse? ¿O pensáis que quien no nace con eso debería dejar de obsesionarse y centrarse en potenciar otras cualidades?
Sé que puede parecer un tema absurdo, o incluso un poco pueril, pero sinceramente creo que no lo es.
Recuerdo una vez, hace años, viendo una obra en Londres protagonizada por un actor inglés sobradamente conocido. La obra era extraordinaria. El reparto entero estaba a un nivel impresionante. Todos los actores eran magníficos.
Hasta que, en el segundo acto, apareció por primera vez en escena el actor del que hablo.
Entró simplemente caminando, en silencio, con las manos a la espalda y una expresión serena y concentrada. No tenía texto hasta uno o dos minutos después de aparecer. Y, sin embargo, desde el instante en que pisó el escenario, algo cambió de forma radical.
La atención del teatro entero se desplazó hacia él de una manera casi violenta. El silencio en el patio de butacas se volvió tan denso que parecía poder cortarse con un cuchillo. Todo el mundo lo notó.
Era imposible no darse cuenta de cómo su presencia absorbía cada mirada incluso sin hacer absolutamente nada. Hasta el punto de que, después de aquello, el interés por el resto de la obra y por los demás actores descendió de golpe. Parecía que todos estuviéramos simplemente esperando a que aquel hombre volviera a aparecer en escena.
Hablo de Anthony Hopkins.
Y precisamente eso era lo que comentaba este profesor: que esa clase de presencia no surge solo del talento o del carisma natural, sino también de un trabajo interno enorme. De un nivel de concentración, conciencia y dominio de la propia energía que probablemente solo alcanzan profesionales de ese calibre.
Según él, esa fuerza escénica no es magia. O al menos no del todo. También es técnica, entrenamiento y una enorme conciencia de lo que uno proyecta en cada instante.
Hablaba de ese magnetismo, carisma o poder de atracción que todos hemos percibido alguna vez en determinadas personas y que, de una manera difícil de describir, nos deja casi perturbados. Esa sensación de presencia enorme que algunas personas generan simplemente al entrar en una habitación o al ponerse delante de un escenario.
Según él, eso no es únicamente algo innato o reservado a unos pocos privilegiados, sino una cualidad que puede desarrollarse y trabajarse conscientemente. Aunque suene un poco esotérico.
Decía que hay personas que nacen con ese don muy desarrollado de forma natural; otras que poseen cierta predisposición pero pueden potenciarla muchísimo más; y otras que quizá tienen menos facilidad y necesitan trabajar mucho más sobre ello. Pero que, en mayor o menor medida, todos podemos desarrollar esa energía o presencia que convierte a alguien en un imán para las miradas y la atención de los demás.
Después nos propuso algunos ejercicios enfocados precisamente en eso y nos dio ciertas pautas para empezar a trabajarlo.
¿Vosotros creéis que ese magnetismo realmente puede desarrollarse? ¿O pensáis que quien no nace con eso debería dejar de obsesionarse y centrarse en potenciar otras cualidades?
Sé que puede parecer un tema absurdo, o incluso un poco pueril, pero sinceramente creo que no lo es.
Recuerdo una vez, hace años, viendo una obra en Londres protagonizada por un actor inglés sobradamente conocido. La obra era extraordinaria. El reparto entero estaba a un nivel impresionante. Todos los actores eran magníficos.
Hasta que, en el segundo acto, apareció por primera vez en escena el actor del que hablo.
Entró simplemente caminando, en silencio, con las manos a la espalda y una expresión serena y concentrada. No tenía texto hasta uno o dos minutos después de aparecer. Y, sin embargo, desde el instante en que pisó el escenario, algo cambió de forma radical.
La atención del teatro entero se desplazó hacia él de una manera casi violenta. El silencio en el patio de butacas se volvió tan denso que parecía poder cortarse con un cuchillo. Todo el mundo lo notó.
Era imposible no darse cuenta de cómo su presencia absorbía cada mirada incluso sin hacer absolutamente nada. Hasta el punto de que, después de aquello, el interés por el resto de la obra y por los demás actores descendió de golpe. Parecía que todos estuviéramos simplemente esperando a que aquel hombre volviera a aparecer en escena.
Hablo de Anthony Hopkins.
Y precisamente eso era lo que comentaba este profesor: que esa clase de presencia no surge solo del talento o del carisma natural, sino también de un trabajo interno enorme. De un nivel de concentración, conciencia y dominio de la propia energía que probablemente solo alcanzan profesionales de ese calibre.
Según él, esa fuerza escénica no es magia. O al menos no del todo. También es técnica, entrenamiento y una enorme conciencia de lo que uno proyecta en cada instante.
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