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Si alguna vez has trabajado gratis en un proyecto que luego se vendió, este artículo va contigo. Y no para reñirte: para contarte lo que ese trabajo hizo con tu sueldo y con el de los demás.
En este oficio se repite mucho una frase: «la precariedad es terrible». Es verdad. Pero tiene una segunda parte que casi nadie quiere decir en voz alta, porque escuece: una parte de esa precariedad la sostenemos desde dentro. Cada vez que alguien acepta trabajar gratis para quien sí cobra, el precio de todos baja un poco. No es una acusación. Es aritmética.
Estudié interpretación y llevo casi veinte años publicando castings. He visto las dos caras: la de quien no puede vivir de esto aunque se lo merezca, y la de quien acepta cualquier cosa con tal de salir en pantalla. Este artículo intenta explicar por qué pasa, por qué cuesta tanto romperlo y qué puede hacer cada uno.
La precariedad no es una sensación. En su último informe, publicado en 2024, la Fundación AISGE preguntó a más de 3.400 actores, actrices y bailarines por sus ingresos de 2022. Contando solo lo que ganaron con su oficio:
Y no es que no trabajen: en el audiovisual se trabajan, de media, 35 días al año. Lo contamos con todo detalle en ¿Cuánto gana un actor en España? Datos sin adornos. En ese informe hay una frase de un actor que resume este artículo mejor que cualquier cifra: «Hay que guardarse los principios con tal de trabajar».
De eso va lo que sigue: de por qué pasa, y de qué parte depende de nosotros.
Hay muchas más personas que quieren actuar que papeles para ellas. Muchísimas más. Y en interpretación no hay puerta de entrada: no hace falta título, colegiación ni examen para presentarse a un casting. Eso tiene una parte buena, porque el talento puede venir de cualquier sitio, y una consecuencia inevitable: la oferta de intérpretes no tiene techo.
A eso se suma algo que en otros oficios no pesa tanto: el deseo de ser visto. Nadie trabaja gratis de fontanero para que su vecino le vea arreglar una tubería. En este oficio, en cambio, la pantalla tiene un imán propio. Hay quien quiere salir unos segundos en televisión para que lo vean sus primos, y hay quien lleva años formándose y quiere vivir de esto. Los dos se presentan al mismo casting, y a quien produce le da igual la diferencia si los dos están dispuestos a no cobrar.
Ese es el punto. El deseo de ser visto no es malo: es humano, y casi todos los que nos dedicamos a esto lo hemos tenido. Lo malo es que hay quien lo sabe y lo usa para no pagar.
La palabra mágica es visibilidad: «no podemos pagarte, pero te dará visibilidad». Conviene preguntarse, en frío, qué te da exactamente.
Y hay que separar dos cosas que se suelen meter en el mismo saco:
Lo primero es una decisión personal. Lo segundo es otra cosa.
Es la frase con la que casi todo el mundo acaba aceptando. Y tiene razón a medias: si tú dices que no, probablemente lo hará otro. Tu negativa sola no cambia ese rodaje.
Pero el razonamiento tiene un fallo. Si todo el mundo piensa así, nadie dice nunca que no. Y si nadie dice que no, el precio de todos baja un poco cada año. Lo que a cada uno le conviene por separado perjudica a todos juntos. Es una trampa colectiva, y de las trampas colectivas no se sale de uno en uno, pero tampoco sin que cada uno ponga su parte.
Por eso decir que no sí sirve, aunque no lo parezca:
Los sindicatos del sector existen precisamente para esto: para que la negativa no sea la de una sola persona.
Antes de aceptar un trabajo sin pagar, o mal pagado, hazte estas cinco preguntas:
Y estas son señales de alarma:
Por último, conoce tus mínimos. Hay convenios colectivos que fijan lo que se debe pagar a actores y actrices en producción audiovisual, y uno propio para figurantes, con tablas salariales que se actualizan. La Unión de Actores y Actrices los reúne en su web, en Convenios y tarifas. No hace falta sabérselos de memoria, pero sí saber que existen y que lo que te ofrecen debe estar por encima. Los sindicatos del sector, como la Unión de Actores y Actrices, pueden decirte qué tabla se aplica a tu caso.
Cada vez que alguien trabaja gratis en un proyecto que factura, le baja el sueldo a un compañero.
No lo hace con mala intención. Casi siempre lo hace con ilusión, con prisa o con miedo a quedarse fuera. Pero el efecto es el mismo: quien produce aprende que puede no pagar, y la próxima vez no pagará a nadie.
Esto va también para quien no se dedica a la interpretación de forma profesional. Si te presentas a un casting para salir en un anuncio porque te hace ilusión, adelante: tienes todo el derecho. Pero cobra. Aunque sea poco, aunque el dinero te dé igual. Porque a la persona que está a tu lado en la sala de espera no le da igual: de eso vive, o intenta vivir.
Y ahora, tres preguntas que nadie te va a hacer, porque son incómodas. Respóndelas solo para ti:
Si alguna te ha escocido, este artículo va contigo. A casi todos los que nos hemos dedicado a esto nos escuece alguna. No va de buenos y malos: va de que el problema no está solo fuera, y lo que está dentro es lo único que puedes cambiar mañana.
En Clandestino Castings no publicamos castings de proyectos no remunerados. Ni de estudiantes, ni «colaborativos», ni de producciones muy profesionales que no pagan. No es una norma nueva ni tiene que ver con nuestro modelo actual: la tomamos hace más de diez años, cuando todavía publicábamos todo gratis, porque creemos que esos proyectos, más allá de entrenar o de conseguir algo de material para el videobook, no le sirven al actor para mucho más.
Es nuestra manera de hacer lo que pide este artículo: decir que no, para que el trabajo de todos valga algo.
Este oficio no va a dejar de tener más gente que papeles. Eso no lo cambia nadie. Lo que sí está en nuestra mano es el precio al que trabajamos. Y ese precio empieza por lo que cada uno acepta.
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